El fin de año del 2007 y una serie de situaciones que se presentaron en esos
dÃas me llevaron a retroceder en el tiempo y realizar una profunda reflexión
sobre las bases que me llevaron algún dÃa a decidirme por el trabajo que hoy
realizo y sobre el conflicto que representa para la sociedad el tema de los
jóvenes pertenecientes a las pandillas.
Luego de algunos dÃas, salgo de esta interiorización reflexiva fortalecido
donde me queda clarÃsimo que, más que un trabajo, vivo lo que hago; es un
proyecto de vida en el cual no hay horarios. DÃas y noches me han ocupado
en varios años la idea de construir un mundo mejor con los jóvenes que están
al margen de la sociedad y que son producto de una sociedad muy
inequitativa y desigual y porque, en general, se culpa a los jóvenes de ser los
ocasionadores de los conflictos cuando en realidad son un espejo de la
sociedad. El mayor éxito que han tenido las pandillas en Guatemala es que
éstas nos han devuelto lo que no queremos ver muchas veces; nos han
puesto frente a nuestras narices la sociedad que no queremos reconocer.
No se producirÃan pandillas en sociedades que tengan un ambiente donde no
se permite su crecimiento. Basta ir a Nicaragua, el paÃs más pobre de Centro
América y con menos Ãndices de violencia, para poder atestiguarlo. Nuestro
marcado individualismo y promoción del consumismo han generado estas
grandes desigualdades donde los ricos son más ricos y los pobres son más
pobres, donde las familias son disfuncionales y donde el amor no es más que
un producto comercial.

Quizás los guatemaltecos no hemos podido darnos cuenta que nuestra
sociedad vive nutriéndose de estos jóvenes asà como ellos de la sociedad y
eso, es una realidad. El verdadero problema es que nuestra sociedad ha sido
cómplice de la creación de dos grandes grupos poblacionales: Aquellos que
se encuentran insertos en los procesos sociales y aquellos otros: los
expulsados de esos procesos.
Estos jóvenes no se encuentran, ni siquiera marginados como se ha
pretendido ver por muchos años, sino más bien, se encuentran totalmente
expulsados. Y al estar fuera, es naturalmente entendible que se unan y
establezcan territorios, códigos y lenguajes. Vuelvo a repetir que lo anterior
es resultado de lo que la sociedad ha producido en exclusión, por falta de
conocimiento, falta de comprensión de los procesos humanos y por negarse
a brindar educación a la niñez y la juventud.
La mayorÃa de jóvenes que están en pandillas no tienen lo que necesitan para
salir adelante en la vida. Su mundo es la calle, su escuela es la calle, su
barrio es la calle, su casa es la calle y sus medios de comunicación se
establecen en la piel a través del tatuaje y en las paredes con el graffitti.
Me queda claro que todo lo anterior es simplemente su manera de vivir la
sociedad que nosotros los adultos les hemos creado incluyendo las drogas y
las armas. Ellos solo se insertan en esa sociedad desigual, de falta de
respeto al entorno y a la vida humana que nosotros los mayores hemos
producido por años; estos jóvenes a penas empiezan a vivir. Este mundo es
el que ellos han encontrado y han elaborado su propia respuesta que,
personalmente, considero tiene muchas cosas positivas como la solidaridad y
el trabajo en equipo. Son esos valores que poseen los que me dan aún la
esperanza de poder crear una propuesta desde ellos mismos, cuando los
aprenda a conocer aún mejor.
Como cualquier grupo humano, estos jóvenes se ven atraÃdos a las pandillas
porque encuentran en ellas la familia que no han tenido y en esa familia
encuentran solidaridad y amistad. Después se convierten en grupos que
necesitan reglas y la primera es que, para pertenecer deben de pasar por una
prueba al mejor estilo del servicio militar lo cual aplican en las calles con la
diferencia de ser mucho más duro.
Crean redes con las cuales se comunican rápidamente. Tienen lÃderes a
quienes obedecen lo cual me permite cuestionar el adjetivo de rebeldÃa que la
sociedad les otorga puesto que necesitan una autoridad que les imponga
reglas a las cuales obedecen tan estructuradamente tal como si fuera la
maquinaria de un reloj.
De las pandillas he aprendido tres cosas básicas que intento a diario dar a
conocer a la sociedad: La primera es que éstos jóvenes no son tigres de
Bengala a los que hay que temer sino que son jóvenes con mucha
vulnerabilidad, que tienen mucha necesidad de cariño y de afecto por sobre
todo y que a partir de allÃ, se puede construir. Lo segundo que he aprendido
es la entrega absoluta y la solidaridad inigualable y que no he podido
encontrar en ningún otro grupo social. Pero lo más triste y grave que he
aprendido de todo esto es que el matar, el herir o el agredir es una forma de
decir “Aquà estoy”, es una forma de mostrar que existen, entonces, mostrar
que existen de otra forma que no sea la violencia es el reto al que apostamos
porque he visto que cuando ellos lo descubren, son mucho más dignos,
Ãntegros y felices.
Me preocupa más aún que la sociedad deba ejercer la violencia como
propuesta de solución a los actos que estos jóvenes cometen porque, al igual
que ellos, el uso de la violencia es una manera de reconocer que no se tiene
poder. Cuando se es poseedor del poder moral, del poder del convencimiento
y del diálogo, no se necesita la violencia.
Paralelo a ese autoritarismo, que es el poder sobre los demás, existe aquel
que es el poder que uno tiene junto a los demás, ese es el poder del trabajo
en equipo. Existe otro poder interno, el cual tenÃa el Hermano Pedro, Anthony
D´Mello, Jesucristo, Ghandi, sólo por mencionar algunos de ellos que han
tenido la coherencia de lo que son, dicen y hacen. Ese es un poder que no se
ejerce sobre los demás y yo le llamo el poder del servicio y el cual considero
el verdadero poder no violento.
Por otra parte, cuando no se tiene el poder de crear vida, el destruir vida se
convierte en otro poder, de tal manera que lo que se debe potenciar, en lugar
de las medidas represivas y las limpiezas sociales, es el poder de construir
vida. Es por ello que un pandillero se torna feliz porque le nació un hijo, eso
le cambia la vida.
Recién vivo la experiencia de vivir el cambio de uno de ellos por que se ha
enamorado por primera vez a los 23 años. Cambian cuando quieren a alguien,
cuando empiezan a proteger a alguien, por eso es que queremos potenciar
tanto el trabajo en equipo entre ellos y que se ayuden los unos a los otros. El
amor es lo más revolucionario que hay y lo que tiene mucho más poder que la
violencia y las bombas atómicas. Tiene el poder de transformar vidas,
transformar ciudades y transformar el mundo. Es la única cosa que he
conocido ser poseedor de un poder creativo profundo.
Y ¿Qué esperanza veo de cara al nuevo año 2008? Pues los mismos jóvenes.
Cada vez que convivo con seres humanos con capacidad de aprender,
admirar y transformarse eso me colma de alegrÃas y esperanzas. Siempre he
creÃdo que una sola vida que se salve justifica todo lo que intentamos hacer y,
hoy por hoy, he visto muchas.
No he visto nacer flores del oro, pero he visto cómo del estiércol y del barro
nacen flores todos los dÃas. Y ellos, aún considerados por los medios y la
sociedad como la escoria de este paÃs, tienen la capacidad de hacer las
cosas mejores, de hacer mejores propuestas para hacer un mundo diferente
al que nosotros los adultos les hemos creado. Ya la historia nos ha
demostrado muchas veces que aquellos quienes han quedado fuera de la
sociedad han sido los artÃfices de los cambios profundos del mundo y estoy
seguro que las pandillas de Guatemala no serán la excepción.
Aún me falta mucho por conocerles y comprenderles. Para ellos yo soy el
“nix”, sobrenombre con el que me bautizaron; para mà ellos son una
extensión de mi familia nuclear, beneficiarios, compañeros de trabajo,
hermanos de mis hijos, seres humanos a quienes estoy llamado a querer,
servir y orientar.
sergio nix
gutierrez07@gmail.com